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JOSÉ MUCI-ABRAHAM: RETRATO DE UN GRAN HOMBRE In memoriam por José Antonio Muci Borjas

Transcribimos un escrito redactado por el Dr. José Antonio Muci Borjas en Memoria de su padre José Muci-Abraham quien falleció en la ciudad de Madrid ayer miércoles 14 de enero.

José Muci-Abraham: retrato de un gran hombre

In memoriam

José Antonio Muci Borjas*

I.Exordio

Mi padre, José Muci-Abraham, nació el 7 de octubre de 1928 en la ciudad de Valencia, estado Carabobo. Falleció en su querida Madrid, España, el pasado 14 de enero de 2026.

Llegado el final de una larga y fructífera existencia, he querido reconstruir su vida y celebrar su obra apelando a datos biográficos, como es ya tradicional en este tipo de obras conmemorativas, pero complementados con anécdotas personales y testimonios de quienes lo conocieron y con él se relacionaron personalmente, convencido como estoy que esos relatos, junto con los testimonios de sus contemporáneos, permitirán al lector comprender mejor al distinguido venezolano cuyo legado recordamos.

II. Las raíces

José Muci-Abraham era hijo de José Muci-Abraham o Don José, como respetuosamente le llamaban en la ciudad de Valencia, inmigrante libanés que arribó al país en vapor que ancló en Ciudad Bolívar. A su llegada al país mi abuelo no hablaba ni entendía nuestro idioma, pero aquí aprendió a leer y escribir tanto en español como en árabe, porque tampoco leía ni escribía esta última lengua al momento de su llegada a puerto venezolano. Haciendo trazos en el suelo, porque en aquel entonces no había dinero para un cuaderno, Don Clímaco Mirabal y Don Félix Abraham le enseñaron sus primeras letras en español y en árabe, respectivamente. Años después de su arribo a puerto venezolano, mi abuelo hizo edificar una escuela en su pueblo, Rmah (Provincia de Akkar, Líbano), y desde la distancia pagó por un maestro para que los niños locales y de los poblados vecinos recibieran la educación formal que él no había tenido la fortuna de recibir. La suya es una historia de esfuerzo y superación, un ejemplo digno de imitación. Era la mano firme y segura de mi abuelo la que en el hogar señalaba el rumbo cuando mediaba incertidumbre.

Su madre, Francisca Margarita Mendoza Laya o Misia Panchita, venezolanismo este –me refiero al Misia– que empleaban para referirse a ella con respeto, era una llanera nacida en Guayabal, estado Guárico, población a la que siempre se refirieron en mi casa como el pueblo más llanero del llano venezolano, quizá porque se encuentra en la parte más recóndita de ese estado y muy próxima a la frontera que separa Guárico del estado Apure. Su figura, siempre presente, llenó de afecto a mi padre y a sus hermanos no solo para que lo tuviese, sino también para que lo supiese dar.

Mi padre fue el tercero de los nueve hijos que procrearon y criaron mis abuelos. Por ser el primogénito, a lo largo de su vida utilizó como un solo apellido compuesto (Muci-Abraham) los dos apellidos de mi abuelo paterno. La homonimia de padre e hijo hizo que este último agregara a su apellido la abreviatura propia del hijo (h.) para distinguirse de su padre. Es por eso que sus primeras obras jurídicas aparecen firmadas y catalogadas como José Muci-Abraham (h.), y que las de más recientes factura figuran a nombre de José Muci-Abraham.

Nació en una Venezuela rural y atrasada. Su llegada al mundo coincidió con la crisis económica de 1929 y sus gravosos efectos sobre la economía venezolana. Para poder honrar sus deudas en esos difíciles tiempos, mi abuelo se vio en la necesidad de vender todo cuanto tenía. El honramiento de los compromisos asumidos fue de provecho: las líneas de crédito no se cerraron porque sus acreedores creyeron, no obstante la crisis, que aún era –que seguía siendo– un hombre adinerado. Fue así como inició la reconstrucción con base en el cumplimiento de la palabra empeñada y el ininterrumpido crédito comercial.

Hablando de esa Venezuela rural y atrasada, una de las anécdotas que mi padre solía contar –y, si no la primera, en todo caso una de sus primeras experiencias vitales con el Derecho– tenía que ver con la visita que el procurador de mi abuelo, don José Antonio Cordido Freytes, hiciera al establecimiento comercial de Don José, cuyo nombre era “Mi Tesoro”. De salida, estando ya en la puerta del negocio, el procurador le pidió a mi padre que por favor regresase a la oficina de mi abuelo a buscarle la Constitución que había dejado olvidada allí. Solícito, mi padre fue a buscar lo que se le pedía, pero exploró en vano. Tras retornar y explicar que no había logrado encontrar el “librito” –es como así lo describía mi padre– que le habían pedido que buscara, el procurador le respondió que la Constitución a la que él aludía no era un libro, sino el garrote que él solía portar consigo y había dejado atrás, porque, según el dicho del letrado, lo único que más de uno respetaba por aquel entonces en estas latitudes nuestras era justamente eso: el garrote.

III. La educación

La educación de mi padre y sus hermanos fue estricta y muy exigente. Uno de sus hermanos, Rafael Muci Mendoza, hombre bondadoso, prestigioso médico y Profesor universitario, Individuo de Número –para mayores señas– de la Academia Nacional de Medicina, ilustra el rigor y disciplina que informó esa educación con esta vivencia personal de su infancia: tras un recreo, fue llamado a la Dirección del Colegio La Salle de la ciudad de Valencia. Allí el Director del Colegio extrajo de su sotana una hoja de papel doblada en 4 partes, la desdobló, la releyó asombrado y acto seguido se la mostró y le preguntó si era suya. Habiendo reconocido mi tío el papel como propio, el Director se lo devolvió con mirada compasiva diciéndole: ¡Caramba Muci, su casa es un cuartel! La hoja de papel en cuestión, recogida por el Director del piso del patio escolar, no era otra cosa que una agenda de todo lo que Rafael Muci Mendoza debía hacer durante cada uno de los días de esa semana desde que despertaba, a las 6:00 a.m., incluyendo las horas dispuestas para cada una de las tres comidas, así como el tiempo para estudiar y jugar, y en él figuraba su firma, con la sentencia, estampada al pie de la susodicha hoja de papel, según la cual el incumplimiento de lo allí previsto acarrearía la pérdida de la mesada, que en aquel entonces era real y medio y cuartillo (Bs. 0,875). Cada uno de sus hermanos contaba con una agenda semanal similar.

A José Muci-Abraham (h.) lo enseñaron a ser perseverante. Había que trabajar y esforzarse para lograr las cosas que realmente valían la pena. Una segunda anécdota lo explica mejor, o al menos eso creo yo. Mi abuelo había logrado inscribir a mi padre por un año lectivo en el que, para esa época, era el mejor liceo del país. Aludo al Liceo San José de Los Teques, regentado por los salesianos. Al llevarlo allí para el inicio de clases mi abuelo le explicó que él podía pagar sus estudios en ese liceo por un año, solo por un año, porque, debía entenderlo, también tenía la obligación de educar a sus otros 8 hermanos. De manera que si quería cursar en él un segundo año tenía que ser, eso agregó mi abuelo, el mejor estudiante del liceo –el mejor estudiante, en términos absolutos–, porque anualmente se concedía una única beca al estudiante más destacado, al mejor de todos. No huelga decir que mi padre ganó la susodicha beca y permaneció en el Liceo un año más hasta su graduación. Siempre atesoró los recuerdos, y los amigos, de esa singular etapa de su vida.

Más que para relatar lo acontecido, las dos anécdotas narradas con anterioridad permiten reconstruir –eso estimo yo– las circunstancias que fueron forjando el temperamento de la persona a quien recordamos y rendimos merecido homenaje en esta semblanza.

IV. La Universidad

Culminado el liceo, mi padre se trasladó a Caracas para estudiar Derecho en la Universidad Central de Venezuela, ubicada en la actual sede de las Academias Nacionales. Se hospedó primero en una pensión y más tarde en el Hotel Pensilvania situado en la Esquina de Pajaritos, a muy pocos metros de la Universidad. En Caracas se dedicó –en exclusiva– a su formación en las ciencias jurídicas, y sus calificaciones fueron sencillamente extraordinarias. Así lo atestigua el diploma, obsequiado años atrás a uno de sus nietos, que la Universidad Central de Venezuela expidió para dejar constancia de su sobresaliente rendimiento académico.

Decidió estudiar Derecho porque como él mismo afirmó en su Discurso de Incorporación a esta Corporación,

«desde que tuve capacidad para pensar en ello, nunca abrigué duda sobre el área del conocimiento y de la vida a la cual quería ofrecer mis esfuerzos y mis reflexiones: el Derecho, el mundo de lo normativo, el sistema de reglas de conducta sin el cual no puede haber ni humana convivencia, ni verdadera justicia, ni paz duradera».

En la universidad compartió el aula con quienes luego fueron destacados juristas venezolanos. De la promoción universitaria Carlos Morales, egresada de la Universidad Central de Venezuela en el año 1951, formaron parte, amén de mi padre, Francisco López Herrera, Alfredo Morles Hernández y Emilio Pittier Sucre, todos ellos Individuos de Número de esta Academia de Ciencias Políticas y Sociales; José Rafael Mendoza (“Mendozita”, para sus compañeros de estudio), Miembro Correspondiente de nuestra Academia en el estado Lara; y Alejandro Carías, apodado “El Flaco Carías”, José Andrés Fuenmayor, Arminio Borjas Hernández, Carlos Galarraga, Guillermo Gorrín Hernández y Gustavo González Eraso, por solo citar a algunos de sus notables integrantes.

Culminados los estudios mi padre necesitó de un automóvil para desplazarse regularmente desde Caracas, donde trabajaba, hasta Valencia, ciudad en la que vivían sus padres. Para comprarlo acudió a mi abuelo, quien, contrariando sus expectativas, ofreció darle el dinero requerido, pero en calidad de préstamo. Ya comprado el carro y puntualmente amortizado el crédito casi en su totalidad, llegó el día del pago de la última cuota. Mi abuelo recibió el dinero de manos de mi padre y le pidió que lo acompañase hasta su habitación. Allí abrió la caja fuerte que tenía en casa y extrajo todos y cada uno de los pequeños fajos de billetes que mi padre había empleado a lo largo del tiempo para saldar el crédito, y, acto seguido, se los devolvió todos y cada uno diciendo: ahora ya sabes lo que cuesta un automóvil. No importa la edad, realmente no importa. Los padres siempre sienten que pueden y tienen el deber de contribuir con una enseñanza más a la ulterior formación de sus hijos.

Se inició en la docencia a los 15 años. A esa temprana edad impartió clases de Geografía en el Colegio La Salle de su ciudad natal, institución en la que aún cursaba sus estudios de bachillerato. Más tarde, mientras estudiaba Derecho en Caracas, impartió clases de Geografía de Venezuela y Psicología en el Liceo Sucre de la ciudad capital. Luego vendría la docencia universitaria. Primero, Obligaciones; después, en este preciso orden, Derecho Internacional Privado, Derecho Mercantil y, a instancia de Florencio Contreras Quintero, Derecho Tributario. Impartió clases tanto en su alma mater, en la que fue Profesor Titular, como en la Universidad Católica Andrés Bello. Sus alumnos lo recuerdan como un Profesor estricto, pero justo, que dominaba las distintas asignaturas que impartía y se esforzaba por compartir sus conocimientos con generosidad. De ello dejó testimonio Gonzalo Parra Aranguren al contestar el Discurso de Incorporación de mi Padre a nuestra Academia en el ya distante 1971. Según Parra Aranguren, «los alumnos [de Derecho Internacional Privado] recuerdan con nostalgia [la] refulgente claridad [de José Muci-Abraham] para exponer los complejos problemas que plantea la coexistencia de varios ordenamientos jurídicos simultáneamente vigentes en el espacio».

A su dilatada labor universitaria, tanto en cursos de pregrado como de posgrado, cabría agregar, siempre en el ámbito docente, el sinnúmero de conferencias que mi Padre dictó en múltiples ciudades del país.

De su paso por la universidad en calidad de estudiante me vienen a la memoria un par de anécdotas adicionales que quisiera compartir, para así evitar que naufraguen inevitablemente en la fragilidad de mi memoria dentro de algunos años.

La primera de ellas con su Profesor de Derecho Internacional Privado, Joaquín Sánchez Covisa. La clase de Sánchez Covisa aún no había comenzado y mi padre, desde la tarima empleada por los profesores para dictar clases, exponía a sus compañeros de curso, “tiza en mano” y de espaldas a la puerta del aula, el “problema de las calificaciones” en el Derecho Internacional Privado. En medio de su exposición Sánchez Covisa ingresó al aula. Mi padre enmudeció al verlo, sorprendido y apenado a un mismo tiempo. Su Profesor le pidió que continuase y, ese día, fue mi padre quien dictó la clase, con Sánchez Covisa ocupando uno de los pupitres como un estudiante más. Desde entonces el Profesor Sánchez Covisa no cesó en su empeño de convencerlo para que profesara una cátedra universitaria. Años después del suceso narrado, en sus Notas Preliminares al estudio elaborado por mi padre sobre Los Conflictos de Leyes y la Codificación Colectiva en América, publicado en 1955, Sánchez Covisa se expresó de su alumno diciendo que había sido un estudiante «excepcionalmente brillante». Con el pasar del tiempo los unió una amistad que llevó a mi padre, como Contralor General de la República, a compilar y publicar la meritoria obra jurídica de quien había sido su Profesor de Economía Política y Derecho Internacional Privado.

Permítaseme aquí una pequeña digresión, que la anécdota con Sánchez Covisa me hace recordar. Uno de los entrañables amigos y compañeros de promoción de mi padre, José Rafael Mendoza, rememoraba la austeridad con la que mi padre vivía en la ciudad capital. Según Mendoza, esa austeridad le permitía a mi padre ahorrar y destinar el dinero ahorrado a la compra de las más modernas obras de Derecho, que luego estudiaba con gran interés en la pensión en la que residía. Con el estudio metódico de la ciencia jurídica correspondía el esfuerzo que para sus padres representaban sus estudios en la ciudad de Caracas. Esa remembranza trae a mi memoria a otro de sus compañeros de liceo y universidad, Guillermo Gorrín Hernández, quien solía decir que, como estudiante, mi padre siempre estaba a la altura de sus profesores universitarios, pues preparaba meticulosamente –y, producto de ese estudio, dominaba en clases– la materia que cada uno de estos se disponía a tratar en sus respectivas asignaturas. Con base en esa circunstancia y sus notables calificaciones en mente, Gorrín Hernández agregaba que mi padre había sido el alumno más destacado de su promoción[1].

La segunda de las anécdotas es con su Profesor René de Sola, también él Individuo de Número de esta corporación. Tras examinar uno de los temas de la quiebra, el Profesor De Sola entregó las pruebas a todos los alumnos menos a mi padre. Cuando abordó a su Profesor para preguntarle por su examen, De Sola le dijo que su prueba no le había sido devuelta porque para él era evidente mi padre la había respondido con el Código de Comercio en la mano. No había objeciones ni reparos profesorales respecto de sus conocimientos de la materia examinada y su puntual exposición. No, no los había. Y, sin embargo, allí estaban, para quien los quisiera ver, los artículos del Código de Comercio pertinentes para sus respuestas, transcritos con exactitud: comas, puntos y comas, puntos y seguido y puntos y aparte incluidos. Con respeto interrumpió a su Profesor para decirle que no había empleado el Código durante la prueba; que las normas aparecían debidamente transcritas porque se había dedicado a fijar su texto en la memoria; y, sin que mediara ulterior palabra de su Profesor comenzó a recitar la Sección I (“De la quiebra en general y de sus efectos”) del Título II (“De las Quiebras de Mayor Cuantía”) del Código de Comercio. Y es que mi Padre tenía una memoria formidable. Una memoria realmente excepcional. Había comenzado a desarrollar su extraordinaria retentiva en el colegio, con los ejercicios nemotécnicos que uno de los Hermanos de La Salle de Valencia le enseñó –no recuerdo con precisión, porque mi memoria no es como era la suya, si se trató del Hermano Ángel o del Hermano Heraclio León–, y que mi padre practicaba aprendiendo y recitando en casa las Fábulas de Esopo, entre muchos otros textos. En algún momento fue capaz de recitar, de memoria, signos de puntuación incluidos, los primeros ciento veinticinco artículos del Código Civil. Retomando la anécdota que narraba antes de esta nueva digresión, De Sola, luego de escucharlo recitar las normas del Código de Comercio, le asignó a mi padre la más alta calificación, no sin antes felicitarlo y reconocer que él no manejaba las particularidades del Código como lo hacía su alumno.

Pero para ser un jurista de excepción, como ciertamente lo fue mi Padre, no basta la memoria. Esa es una obviedad. Parafraseando a su Profesor, Oscar Palacios Herrera, para ser un jurista de excepción no basta con ser una “cámara fotográfica”. Las leyes cambian. Hay que saber adentrarse en las normas para poder interpretarlas. Los tribunales de justicia modifican criterios. El pensamiento evoluciona. El ejercicio del Derecho es un arte y, como tal, demanda pensamiento crítico. Solo así cabe desentrañar el verdadero significado de las normas y cánones jurídicos. Quienes lo conocieron pueden dar testimonio de su extraordinaria formación académica, que complementó en España de la mano, entre otros, de Don Leonardo Prieto Castro, a la sazón Catedrático de la Universidad de Madrid, quien habiendo leído una de sus obras reconoció que su antiguo alumno contaba con «dotes de finísimo y penetrante jurista»; de su excepcional capacidad de análisis, independientemente de la rama del Derecho, Público o Privado, cuyas normas o principios debieran ser considerados al resolver una determinada cuestión; y de su lucidez al momento de fragmentar o diseccionar los problemas más complejos para reducirlos a sus términos más simples y encontrarles, a partir de allí, solución.

De su paso por la universidad mi padre recordaba con particular afecto, dicho sea de paso, a sus Profesores de Derecho Civil, Luis Felipe Urbaneja Blanco, apodado “El Fraile”, y de Derecho Procesal, Humberto Cuenca.

V. El legado académico

Su vida, en palabras de Arminio Borjas Hernández, se caracterizó «por un elemento poco común en nuestro medio: el trabajo creador».

En el ámbito académico, mi padre nos deja como legado su valiosa obra científica, reveladora de una mente analítica fuera de lo común. Sus (i) Estudios Jurídicos: Responsabilidad Civil y Abuso de los Derechos, presentada inicialmente como tesis de grado, que luego obtuvo el primer premio en el concurso de Tesis Doctorales Hispanoamericanas, auspiciado por el Instituto de Cultura Hispánica (España), creado en ese Instituto para galardonar la tesis de mayor calidad y originalidad elaborada por doctorandos hispanoamericanos, copia de la cual fue incorporada en fecha reciente al catálogo digital de nuestra Academia; (ii) El Recurso de Casación por infracción de ley extranjera; (iii) La prueba de la ley extranjera en el Derecho venezolano; (iv) El Estatuto cambiario venezolano; (v) Conflicto de leyes y juicio de exequátur; (vi) Aval de la letra de cambio, laureada con el “Premio Luis Sanojo”, auspiciado por la Fundación Rojas Astudillo (1962-1963); (vii) Reflexiones sobre el vencimiento de la letra de cambio: dogmática cambiaria y crítica jurisprudencial; (viii) Anotaciones sobre el endoso por procuración; (ix) Cédulas hipotecarias (Estudio Técnico-Jurídico); (x) Tratamiento mercantil y fiscal de las asociaciones en participación en el Derecho venezolano; (xi) Cuenta corriente bancaria (Exégesis y dogmática); y, (xii) Límites cuantitativos a los intereses, son solo algunas de las muchas y sesudas obras de su autoría.

Pero no quisiera que este homenaje se limitase a enumerar algunas de las muchas obras jurídicas de su autoría. Al contrario, quisiera que ese listado estuviese acompañado de algunas de las opiniones de sus contemporáneos sobre la calidad de su trabajo científico.

Tras leer el Aval de la letra de cambio a finales de diciembre de 1962, Luis Loreto Hernández, procesalista patrio cuya obra es conocida por todos, e Individuo de Número, también él, de esta Academia de Ciencias Políticas y Sociales, escribió que ese ensayo era «obra de análisis y de síntesis realizada con excepcional penetración y maestría […] en una de las áreas más ásperas y difíciles del derecho positivo cambiario». Luego, en 1978, Luis Felipe Urbaneja, Individuo de Número de este Corporación, afirmó que los estudios publicados por mi padre en materia de Derecho cambiario «lo consagra[ba]n como el mayor publicista venezolano en la materia», agregando que

«el autor está armado de un caudal de conocimientos y de una experiencia tales, que al tomar en sus manos una materia como la [de las Cédulas Hipotecarias], por un lado escudriña las normas jurídicas con una especie de clarividencia que le permite descubrir hasta los matices más recónditos de los textos, y por otra, exhibe con la autoridad que le da el haber presenciado los hechos que analiza, todos los efectos, todas las consecuencias, que tienen sobre los intereses de los ciudadanos los artículos de leyes y decretos objeto de su estudio».

Más recientemente, uno de sus consecuentes amigos, Allan Randolph Brewer-Carías, él, a su vez, Individuo de Número de nuestra Academia, afirmó que mi padre era un Profesor y científico del Derecho con una «impecable obra escrita y docente».

Con la venia del lector, retornemos a la universidad.

Como ciudadano mi Padre también nos deja como legado su paso por la Dirección de la Escuela de Derecho de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela, cargo en el que sucedió a su entrañable amigo, Oscar Palacios Herrera. Dejó la Dirección de la Facultad para asumir el rol de Decano en esa misma universidad cuando tan solo tenía 27 años de edad. Dirigió lo que más de un Profesor y estudiante luego calificaron como una Facultad «modelo».

En la Universidad, primero como Director, luego como Decano, se ocupó, entre muchas otras cosas, de crear la Revista de la Facultad, cuyo primer número financió con fondos propios; de renovar el cuerpo de Profesores de la Facultad, incorporando a científicos de la talla de Luis Loreto Hernández; y, de que los Profesores comenzasen a escribir Manuales de Derecho venezolano, pues, en aquellos tiempos, en el país aún se estudiaba por obras en su inmensa mayoría extranjeras. En más de una oportunidad mencionó esto último –aludo a la iniciativa que condujo a la elaboración de los Manuales– como uno de sus aportes más importantes a la academia venezolana.

En su Facultad los exámenes eran escritos, orales y prácticos. Cuando debía asistir a uno de los exámenes orales en calidad de jurado, generalmente formulaba a los estudiantes el mismo pedimento: hábleme, eso solía decir, de lo que más se sepa. No obstante la sencillez del planteamiento –válido, por lo demás, para cualquier asignatura– la respuesta que al mismo se diera permitía constatar rápidamente la solidez o precariedad de los conocimientos del estudiante, pues la falta de precisión en los conceptos que, a juicio del propio estudiante, «más y mejor sabía», revelaba en el acto la calidad de su formación. Generalmente no hacía falta más. Recordaba que al término de uno de esos exámenes concluyó que el examinando debía ser aplazado y así se lo hizo saber al Profesor de la cátedra. Recordaba además que, para su sorpresa, el Profesor de la asignatura hizo un planteamiento insólito, impropio de quien ocupa esa posición en una institución universitaria: Muci, le dijo entonces, en lugar de aplazarlo nosotros, ¡dejemos que más bien lo aplace la vida! Cosas veredes. Al final, en esa prueba el estudiante obtuvo la calificación que en justicia le correspondía.

En 1978 su compañero de estudios universitarios, Alfredo Morles Hernández, invocó su trabajo como Profesor en la Facultad de la que mi Padre había sido Decano para afirmar que conocía de cerca «las cualidades extraordinarias que Muci [tenía] como docente y como investigador» y dar «testimonio de su calidad humana», agregando a renglón seguido que «si su actividad académica es destacada, no es menos valiosa la lección de su vida».

VI. La Academia

Mi padre ocupó el Sillón N° 4 de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales desde el 15 de abril de 1970. Su trabajo de incorporación a la Academia se intituló Tratamiento mercantil y fiscal de las asociaciones en participación en el Derecho venezolano.

Su generosa dedicación a esta, nuestra corporación, de la cual fue Presidente durante el bienio 1986-1987, forma parte de su valioso legado académico y ciudadano.

Merece la pena resaltar que en el Discurso de Contestación pronunciado con ocasión de la incorporación de mi padre a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Gonzalo Parra Aranguren mencionó que –allende de nuestras fronteras– José Muci-Abraham había sido designado Individuo de Número y Miembro Honorario del Instituto Hispano-Luso-Americano-Filipino de Derecho Internacional y de la Ordem Dos Avogados de Portugal, respectivamente.

VII. La Contraloría General de la República

Como ciudadano, también nos legó su impoluto desempeño al frente de la Contraloría General de la República entre 1974 y 1976. En su condición de Contralor dotó a la Contraloría de una nueva y moderna ley, la primera Ley Orgánica de la Contraloría General de la República (1975); gestionó la adquisición de la sede que aún ocupa esa Administración; y, enfrentó repetidamente al Poder, al Poder con mayúscula, pues fueron múltiples los casos de corrupción que la Contraloría a su cargo detectó y denunció a lo largo de esos dos –y para él interminables– años. Como Contralor General de la República presidió una institución viviente. Viviente, decía, porque bajo su dirección cumplió a cabalidad la importante misión para la cual había sido creada.

De su paso por la Contraloría General de la República y de la honda huella que dejó rindieron testimonio el expresidente de la República, Don Ramón J. Velásquez, y Gonzalo Parra Aranguren. Según el primero, como Contralor mi padre «libró batallas y denunció corruptelas, en un tiempo en que la situación de bonanza fiscal, de prodigalidad presidencial y de complicidad universal, convertían investigaciones y denuncias en grave riesgo solitario». De acuerdo con el segundo, ante esa situación a nadie debió extrañar su renuncia al cargo tan solo dos años después de haber sido designado Contralor, «convencido [como estaba Muci-Abraham] de la inutilidad de sus esfuerzos para superar los infinitos obstáculos que le opuso una sociedad política pervertida».

Un episodio de su actuación al frente de la Contraloría, aludo al examen en torno a la legalidad y corrección del empleo de fondos públicos para la compra de fragatas para la Armada venezolana, ilustra mejor el punto. Me detengo en él no solo porque pone de relieve la integridad que caracterizó el proceder de mi padre a lo largo de toda su vida, sino porque trae a mi memoria recuerdos desapacibles: los ataques virulentos del para entonces rabioso vocero del partido político de gobierno; las presiones de todo tipo que mi padre, con el apoyo incondicional de mi madre, debió enfrentar; y, las amenazas anónimas que en la distante década de los ‘70 introdujeron, de un día para otro, escoltas armados con ametralladoras en la cotidianidad familiar.

En carta fechada el 16 de septiembre de 1975, publicada –en parte– por el diario El Nacional, mi Padre dejó constancia, lo cito, que

«el Contralor General considera que bajo ninguna circunstancia puede impartir su aprobación a la negociación [de compra] proyectada, ya que la sugestión que le ha sido hecha, en el sentido de destruir un documento (por el presidente de “Cantieri Navali”) que constituye antecedente y fundamento de su eventual decisión, es inmoral, y quien la hace no puede contratar con la República, y así lo ha decidido».

De esa específica ejecutoria al frente de la institución contralora también rindió testimonio su hermano, Rafael Muci-Mendoza, al relatar cómo mi Padre

«a empujones expulsó de su despacho a un directivo italiano de la Cantieri Navali del Tirreno Riuniti, compañía [con sede en Génova, Italia] que operaba en el sector de la construcción naval, cuando [dicho representante] le ofreció dinero a cambio de preferencias [en la adquisición de las fragatas que el Ejecutivo Nacional se aprestaba a adquirir con sobreprecio]».

En una de sus agudas y críticas caricaturas (Zapatazos), Pedro León Zapata representó gráficamente la dureza de aquellos tiempos como consecuencia de las incesantes agresiones del estamento político contra mi Padre y su gestión contralora. En el Zapatazo al que aludo figuran un padre y su hijo. El padre, sentado en una muy sencilla silla. El hijo, sentado en el regazo de su padre. En la intimidad de su conversación el hijo mira a su padre fijamente a los ojos y, no obstante su temprana edad –temprana, digo, porque lleva pantalón corto y las piernas del niño, que no llegan al piso, cuelgan en el aire– pronuncia esta severa sentencia contra el sistema político venezolano de entonces: «cuando sea grande voy a ser cualquier cosa, menos Contralor». ¡De aquellos polvos, los actuales lodos!

Se ha afirmado, con razón, que a lo largo de su historia la Contraloría General de la República ha gozado pocas veces de mayor respeto que cuando José Muci-Abraham estuvo al frente de la institución por tan solo dos años. Ha sido así porque el Contralor de aquel entonces fue un hombre construido sin escatimar; un hombre forjado en una sola pieza.

Parafraseando una vez más a Allan Randolph Brewer-Carías, «más que constituir una de las grandes reservas morales del país, [José Muci-Abraham era] parte del patrimonio del país, […] uno de nuestros valores morales contemporáneos».

Pasemos ahora breve revista a otras importantes facetas de su vida.

VIII. El ejercicio de la profesión de abogado

A lo largo de su fructífera carrera profesional mi padre fue socio de Alejandro Carías, uno de los hermanos que le obsequió la vida; del Escritorio Mendoza Palacios, en el que compartió con Arminio Borjas Hernández, otro de los hermanos que pudo y supo elegir; y, finalmente, de su propio Escritorio (Muci-Abraham & Asociados).

A partir de 1978 en el Escritorio Muci-Abraham & Asociados fueron socios suyos Víctor Pulido Méndez, jurista venezolano de carácter afable e impecable formación académica, Profesor Titular de Derecho Mercantil en la Universidad Central de Venezuela; su sobrino, Miguel Gómez Muci, y luego mi hermano, José Gonzalo, hasta que este último, siguiendo su vocación, decidió dedicarse de lleno a actividades de intermediación en los mercados de capitales. También trabajaron y se formaron allí otro de sus sobrinos, Gustavo Muci-Facchin, y, más recientemente, mi hijo José Antonio, quien tras una pasantía de un año viajó al exterior a cursar estudios de posgrado e iniciar su andadura profesional en otras latitudes. En el Escritorio, al que me incorporé en el distante 1988, sigo trabajando yo hoy por hoy.

Muchos de sus clientes eran abogados de profesión. Recurrían a él para que los ayudase a solucionar los asuntos que ellos no encontraban cómo resolver. Era, pues, abogado de abogados.

Tuve la inmensa fortuna de estar y trabajar a su lado y de aprender, junto a él, a razonar en Derecho; de escribir, a cuatro manos, contratos, opiniones, demandas y recursos, incluso ensayos que en su momento fueron publicados en revistas jurídicas especializadas. En suma, tuve el enorme privilegio de tenerlo como Maestro.

En más de una oportunidad vi cómo se le requería que emitiese su parecer en Derecho sobre un asunto particularmente complejo y también cómo respondía imperturbable, no obstante las urgencias del cliente, que para estudiar el asunto y redactar la opinión solicitada podía llegar a necesitar un mes, pedimento insólito en tiempos como los actuales, caracterizados por la demanda de respuestas inmediatas. Sí, un mes, porque mi padre era persona a la que le gustaba reflexionar y explorar todas las aristas de un problema antes de dar respuesta y atar su nombre a una posición determinada.

Supo compaginar exitosamente el ejercicio independiente de su profesión de abogado, inclusivo de actuaciones como árbitro, juez asociado y retasador, con otras muchas actividades, porque sus inquietudes fueron múltiples.

Fue también Consultor Jurídico del Banco Nacional de Descuento (1958-1960) y del Banco Ítalo Venezolano (1961-1963).

IX. El periódico El Nacional

Durante casi dos décadas mi padre fue articulista de opinión del diario El Nacional, en el que comenzó a escribir en por la gentil invitación de su director, Ramón J. Velásquez. Sus artículos de prensa aparecieron publicados de manera destacada en la Página A-4 (Página Editorial) de ese reputado diario venezolano.

Según el dicho de Ramón J. Velásquez, quien años después ocupó la Presidencia de la República, a su regreso a la Dirección del periódico El Nacional en 1979

«pensé en el jurista y profesor [Muci-Abraham] como una de las nuevas personalidades, a quien debía invitar para que se hiciera presente en la tribuna del debate. Lo había oído en muchas de sus intervenciones y siempre me llamó la atención por sus excepcionales dotes pedagógicas, el arte de hacerse entender por sabios y profanos y la lógica de su discurso, podado de adornos retóricos, condiciones fundamentales para quien pretenda tomar parte en la polémica nacional».

En la distancia, aún escucho el eco de la máquina de escribir, mecánica y portátil, con la cual escribía esos artículos, Correo Expreso se denominaba su columna, la mañana de un domingo cualquiera, sentado frente a la mesa de madera de la terraza de nuestra casa de playa en Camurí Grande, empleando tan solo dos dedos, pero a toda velocidad, como escribía él; y veo también sobre la mesa el inseparable ejemplar del diccionario de la Real Academia de la Lengua que consultaba cada vez que se sentaba a escribir, porque se preocupaba grandemente por emplear nuestra lengua con corrección. A sus dotes de escritor se refirió Luis Felipe Urbaneja, afirmando que tenía un «envidiable dominio de nuestro idioma».

Como alguna vez dijo su amigo, Gonzalo Parra Aranguren, a la sazón Presidente de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, «en muchas ocasiones sus artículos [de prensa] constitu[ían] una alarmante radiografía de las graves enfermedades que afecta[ba]n la sociedad venezolana» de esa época.

X. Otras facetas menos conocidas de su vida

Desde muy pequeño acompañaba a mi abuelo al mercado para hacer las compras. Como hijo de habilidoso comerciante libanés, al lado de este último adquirió –de primera mano– las habilidades propias de quien se dedica habitualmente a la compraventa de bienes. Sabía discutir el precio de lo que se le ofrecía. A lo largo de su vida negoció, con éxito, inmuebles, valores comerciales y monedas.

En materia comercial, recuerdo con nitidez la conversación que mi padre sostuviera con el suyo sobre un inmueble, propiedad del primero, ubicado en la Urbanización El Paraíso de la ciudad de Caracas. Visiblemente disgustado, mi padre narraba los contratiempos con un inquilino, que no pagaba alquiler por una sencilla casa, otrora residencial, en la que funcionaba la artificiosa Universidad Obrera de Venezuela. Convencido como estaba de que ningún tribunal se atrevería a sacar a la calle los pupitres y pizarrones de una universidad “obrera”, el arrendatario valentón no pagaba el canon y se negaba a desalojar el inmueble, a no ser que mi padre accediera a saldarle una suma de dinero a cambio de su partida. Para mi padre ese desalojo era importante no solo porque le permitiría deshacerse del inquilino moroso, sino porque posibilitaba la integración de ese bien con otros inmuebles aledaños. Mi abuelo lo escuchó con atención. Luego, con la sabiduría que brinda el ejercicio habitual del comercio a lo largo de toda una vida, resumió el problema y alumbró la solución con sencillez: si el inquilino no te paga, se niega a desalojar el inmueble y su desalojo resulta harto difícil, pues un juez difícilmente acordará el desalojo de un instituto educativo como ese, entonces ese inmueble en realidad no es tuyo. Ante todo procura ser práctico, le dijo: paga la suma que exige para marcharse, porque esta es muy inferior al valor del bien, y hazte la idea que estás comprando el inmueble –por segunda vez– muy por debajo de su valor en el mercado. El consejo paterno condujo a la resolución del problema.

Siempre en el ámbito comercial, nuestro padre nos decía a mis hermanos y a mí que las deudas, particularmente las bancarias, debían ser honradas el día anterior al del vencimiento del término pactado, persuadido como estaba que ese detalle temporal sería valorado por sus acreedores si llegase a hacer falta solicitarles crédito nuevamente.

Más allá de ser un hombre de leyes, un profundo conocedor y estudioso del Derecho, y más allá de las otras actividades que emprendió a lo largo de su vida, José Muci-Abraham fue un hombre trabajador como pocos. Como alguna vez narró Allan Brewer-Carías, para incitarlo –sin éxito, debo acotar– a que aminorase el incesante ritmo de su actividad profesional y académica, Beatriz, su esposa, «en más de una ocasión [utilizó] como punto de comparación a José [Muci-Abraham]: estás peor que José Muci!».

Fue miembro de las Juntas Directivas del Banco del Caribe, C.A., de Bancaracas Mercado de Capitales, C.A., de la cual fue además promotor, y de Americana de Reaseguros, C.A. Fue también el primer Presidente del Banco Hipotecario de Inversión Turística de Venezuela, C.A. (Inverbanco), institución financiera en cuya constitución, en calidad de abogado en el ejercicio independiente de la profesión, desempeñó un papel destacado.

José Muci-Abraham era persona muy sociable. Era, además, un magnífico conversador.

Con sus amigos, que no fueron muchos, porque esa palabra la reservó para muy contadas personas, fue leal e incondicional. De sus entrañables amigos recuerdo ahora, con singular afecto, a sus compadres y familia nuestra, Alejandro Carías, José Andrés Fuenmayor, Arminio Borjas Hernández y Jesús Enrique Ruiz Guía, todos ellos abogados.

También era un ávido lector. Le apasionaban la historia de Venezuela y la historia de España.

XI. La familia

En el hogar fue un padre amoroso. Un padre que predicaba con el ejemplo. En poquísimas palabras, un padre verdaderamente admirable.

La familia era su proyecto más caro e importante. De todos los proyectos vitales, eso solía decirme, es este el único en el que uno no se puede dar el lujo de fracasar.

Su consejo prudente nos guio siempre a mis hermanos y a mí en cada una de nuestras andaduras. Apoyó todos y cada uno de nuestros distintos proyectos académicos. ¡Para eso siempre habrá recursos!, agregaba él invariablemente, convencido como estaba que el conocimiento era el único patrimonio del que nadie nos podría despojar. Y nos exhortaba una y otra vez a aprovechar plenamente las oportunidades de estudio que nos brindaban, demandando, eso sí, que diésemos a nuestros hijos, cuando estos llegasen, más de lo que nosotros de él habíamos recibido. ¡Vaya desafío el nuestro!

Y como vecino, porque durante años vivimos en apartamentos colindantes que compartían el jardín, derrochó su querer hacia los dos nietos, María Juliana y José Antonio, que tuvieron el privilegio de poder llamar a diario a la puerta de la casa de sus abuelos Paché y Yoyi, como cariñosamente los llamaban sus nietos, sin anunciarse previamente, para preguntar si había ponquesitos o marquesa de chocolate que pudiesen merendar. También quiso entrañablemente a sus otros cinco nietos: José Carlos, José Francisco, José Tomás, Sebastián y Santiago. A todos ellos prodigó amor y cariño sin límites.

Especiales manifestaciones de cariño tuvo siempre hacia sus nueras Maruja y Angèle. Mientras escribo estas líneas me vienen a la memoria los desayunos que compartíamos con él los días domingo. En esos desayunos su nuera Angèle le preparaba los alimentos que a él le gustaban pero que mi madre, celosa de su salud, no compraba ni preparaba en su casa.

XII. Su esposa, María Dolores Borjas de Muci

De muchos de los logros personales mencionados con anterioridad mi madre, María Dolores (Lolita) Borjas de Muci (1931-2023), mujer buena y piadosa, dedicada por entero a su familia, fue coautora silenciosa.

Ella merece debido crédito porque su amor y compañía posibilitaron, no albergo ninguna duda alguna en propósito, que mi padre pudiese dedicarse con tranquilidad de espíritu a los distintos retos que decidió abordar a lo largo de su larga vida académica y profesional.

XIII. Colofón

En mi padre pervivieron los valores que sus padres, Don José y Doña Panchita, inculcaron. En mis hermanos y en mi perviven los valores que nuestro padre y mi madre nos infundieron. Esa, lo confieso, es mi heredada más preciada. Como tesoro que es, mi esposa, también hija de un libanés, y yo, hemos procurado transmitírsela a nuestros dos hijos, hoy en día extrañados de su tierra, porque esta –otrora libre, asfixiada ahora– no les brinda las oportunidades de crecimiento personal y profesional que antes ofrecía. Ojalá no esté demasiado distante el día en el que esta tierra abra sus brazos para recibir con regocijo a todos los hijos –¡sus hijos!– que, por necesidad, se han visto obligados a vivir más allá de sus fronteras.

Si pudiera condensar su trayectoria vital en poquísimas palabras, diría que mi Padre vivió una vida plena, realmente plena. Estoy convencido que podía mirar con satisfacción el largo y fructífero camino recorrido.

Él, su vida y su obra están vivos en mi recuerdo y, con toda seguridad, también en el recuerdo de quienes le trataron y, precisamente por eso, lo reconocieron y estimaron.

El país perdió un hombre virtuoso el pasado 14 de enero de 2026. Celebramos su vida y pedimos a Dios que lo tenga en su gloria y conceda paz y descanso eternos.

Madrid, 17 de enero de 2026.

José Muci-Abraham – In Memoriam – 15.1.202

*      Abogado, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB, 1986), con estudios de postgrado en Derecho Administrativo, Tributario y Procesal Civil [Università La Sapienza, Roma (1987-1988)], Derecho Constitucional y Derecho Tributario (University of Miami, 1994) y Derecho Financiero (UCAB, 1996-1998). Profesor Titular de Derecho Administrativo en la UCAB (1988-  ). Profesor Investigador Invitado en la Universidad Carlos III (Madrid, 2005). Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales (Venezuela), (Sillón N° 27). Árbitro en el Centro de Arbitraje de la Cámara de Comercio de Caracas (ICC) y en el Centro Empresarial de Conciliación y Arbitraje (CEDCA).

[1]      Mi más sentido agradecimiento para con Humberto Mendoza D’Paola, hijo de José Rafael Mendoza, y Guillermo Gorrín Falcón, hijo de Guillermo Gorrín Hernández, por haber compartido conmigo estos recuerdos de la vida universitaria de nuestros padres.

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